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jueves, 5 de marzo de 2015

Perséfone




Perséfone es hija de Zeus y Deméter (hija de Cronos y Rea, hermana de Zeus, y diosa de la fertilidad y el trigo). Su tío Hades (hermano de Zeus y dios de los Infiernos), se enamoró de ella y un día la raptó.
La joven se encontraba recogiendo flores en compañía de sus amigas las ninfas y hermanas de padre, Atenea y Artemisa, y en el momento en que va a tomar un lirio, (según otras versiones un narciso), la tierra se abre y por la grieta Hades la toma y se la lleva.
De esta manera, Perséfone se convirtió en la diosa de los Infiernos. Aparentemente, el rapto se realizó con la cómplice ayuda de Zeus, pero en la ausencia de Deméter, por lo que ésta inició unos largos y tristes viajes en busca de su adorada hija, durante los cuales la tierra se volvió estéril.
Al tiempo, Zeus se arrepintió y ordenó a Hades que devolviera a Perséfone, pero esto ya no era posible pues la muchacha había comido un grano de granada, mientras estuvo en el Infierno, no se sabe si por voluntad propia o tentada por Hades. El problema era que un bocado de cualquier producto del Tártaro implicaba quedar encadenado a él para siempre.
Perséfone
Para suavizar la situación, Zeus dispuso que Perséfone pasara parte del año en los confines de la Tierra, junto a Hades, y la otra parte sobre la tierra con su madre, mientras Deméter prometiera cumplir su función germinadora y volviera al Olimpo.
Perséfone es conocida como Proserpina por los latinos.
La leyenda cuenta que el origen de la Primavera radica precisamente en este rapto, pues cuando Perséfone es llevada a los Infiernos, las flores se entristecieron y murieron, pero cuando regresa, las flores renacen por la alegría que les causa el retorno de la joven. Como la presencia de Perséfone en la tierra se vuelve cíclica, así el nacimiento de las flores también lo hace.
Por otra parte, durante el tiempo en que Perséfone se mantiene alejada de su madre, Deméter y confinada a el Tártaro, o mundo subterráneo, como la esposa de Hades, la tierra se vuelve estéril y sobreviene la triste estación del Invierno.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Prometeo y el fuego

La unión del Cielo y de la Tierra dio por resultado el nacimiento de un hijo, llamado Japeto. Japeto, a su vez, tuvo dos descendientes: Epimeteo y Prometeo. Los dioses seguían reinando, pero estaban hastiados y aburridos. Sí la felicidad no es de este mundo, tampoco había frecuentado en aquellos tiempos la zona divina.
De manera que los dioses decidieron pedir al Cielo y a la Tierra un poco de animación en la monotonía de la Naturaleza. Los padres de Japeto declinaron este honor, traspasándolo a su hijo, y éste, completamente absorbido por ocupaciones más interesantes, pasó la consigna a sus dos vástagos.
Epimeteo, el más ardiente, aunque algo atolondrado, suplicó a Prometeo que le cediera su parte de deber en el encargo paterno y que le dejara realizar su plan, concediéndole el derecho de criticar su obra una vez acabada.
Tratábase de extraer de una amalgama compuesta de tierra, fuego y otros elementos criaturas vivas, pero mortales, y de atribuir a cada una las facultades que más se adaptaran a su constitución.


En la imagen se muestra a Epimeteo (izquierda) y a Prometeo (derecha)

Epimeteo, con una infantil despreocupación, considera que este trabajo es sencillo y divertido. A medida que los nuevos seres van presentándose, otorga a los unos la fuerza sin velocidad; a otros la velocidad sin la fuerza; a los de más allá les ofrece medios de defensa o sistemas de protección, y a los más débiles les concede el recurso de la huida a través de los aires, gracias a las alas de que están provistos, o bajo la tierra, gracias a la flexibilidad de su cuerpo movedizo y ágil. En cuanto a los de gran estatura, su propia talla les servirá de protección.
Sólo se trataba, pues, de preservar a esas criaturas de sus enemigos, pero era preciso, además, defenderlas de sí mismas y armarlas contra el hambre, la sed y las inclemencias del tiempo. En realidad, Epimeteo no había pensado en ello; pero se tranquilizó distribuyéndoles convenientemente alas, pelos y pieles sólidas que les permitieran, a cada uno según su naturaleza, defenderse de los excesos de la temperatura glacial o ardiente. Dioles como alimento, según su complexión, hierba de los prados, frutos de los árboles, raíces de las plantas e incluso carne y sangre. Estos últimos seres, los más corpulentos, eran los menos numerosos; de lo contrario, pronto hubieran exterminado a los pequeños, cosa que era preciso evitar a toda costa, con el fin de asegurar la conservación de la raza.
Muy satisfecho de su obra, Epimeteo llama a su hermano para que le admire y felicite. Pero tiene un desengaño. Bien es verdad que Prometeo se convence de que los animales poseen todo cuanto necesitan para vivir y para defenderse. La Naturaleza ha repartido juiciosamente entre ellos sus preciosos dones; pero éstos se agotaron y no ha quedado ninguno para el hombre.
Epimeteo no había dado en ello, y era evidente que su imprevisión necesitaba un remedio. Tiene al ser humano ante él, desnudo, abandonado a sí mismo, sin armas, sin defensas naturales, sin recursos.
Prometeo discurre entonces la manera de reparar la negligencia de su hermano. Se introduce secretamente en la isla de Lemnos, penetra en las fundiciones de Vulcano en el momento en que el trabajo era más intenso y se apodera de una chispa de fuego y la ofrece a la Humanidad.
El ser débil de cuerpo pero dotado de inteligencia poseerá desde ahora, gracias al fuego, el medio de defenderse contra el frío, de cocer los alimentos, de iluminarse durante la noche, de fabricar buenas armas para su defensa e instrumentos para cultivar las artes y dar un atractivo a su frágil existencia.
Todo iba bien; pero los hombres, dotados de tantos elementos, se enorgullecieron, creyéndose demasiado cerca de la divinidad. Júpiter se molestó y decidió castigar al responsable de aquel general orgullo.
Por consiguiente, con la ayuda de Vulcano y bajo la vigilancia de Mercurio, Prometeo fue atado a una roca situada en lo alto del Cáucaso. Desde allí no distinguía otra cosa que el Cielo, desde cuya altura descendía diariamente un águila gigantesca encargada de devorarle el hígado, que le crecía constantemente. Este horrible suplicio debía durar mil años. Pero al cabo de treinta primaveras, Mercurio aprovechando un día en que el señor del Olimpo estaba de buen humor, le hizo conceder la gracia del culpable, y Prometeo pudo reanudar su vida ordinaria, jurando solemnemente que no tendría nueva ocasión de hacérsela abaldonar.

Imagen del terrible y cruento castigo.

Espero que os haya gustado esta leyenda de la antigua Grecia.

Un saludo.

Diego Fernández Núñez.  

domingo, 19 de octubre de 2014

HIJOS DE LA TIERRA Y EL CIELO



Aunque Urano había nacido de Gea, y por tanto, en sentido estricto era, "hijo" suyo, se le representa siempre en igualdad de condiciones, en tanto que consorte y esposo. La unión entre Gea y Urano se interpreta como un enlace sagrado entre la tierra y el firmamento, entre la diosa de la fertilidad y el dios del cielo

En ese sentido, a la unión entre Gea y Urano no se le atribuía ningún carácter incestuoso. De hecho, dos de sus hijos acabarían casándose entre ellos, al igual que dos de sus nietos. con estos enlaces se inició una tradición en la que los dioses prescindían del tabú del incesto.

Gea y Urano tuvieron una descendencia numerosa, una parte de la cual, se componía de monstruos, tanto en lo que se refiere al aspecto como al carácter. Así sus primeros hijos fueron los Hecatonquiros (los de los cien brazos), unos monstruos de forma semihumana con cien brazos y cincuenta cabezas cada uno. A continuación vinieron otros tres hijos más, los cíclopes de un solo ojo: Arges(el Rayo), Brontes(el Trueno) y Estéropes(el Relámpago), unos seres fuertes y salvajes como sus hermanos de cien brazos, pero al mismo tiempo, pero al mismo tiempo maestros en el trbajo de la piedra ( se les atribuía la construcción de las imponentes murallas de Micenas y de la cercana fortaleza de Tirene, en el Peloponeso). Más tarde, Gea engendró por sí sola o con la contribución de amantes, a un gran número de hijos más, muchos de ellos monstruos, aunque no todos, como es el caso de Dafne.

De todas formas, los hijos más célebres de Urano y Gea fueron, sin duda alguna, los seis titanes y las seis titanidades, que se convertirían en los dioses de la primera generación: Océano, dios de los mares, y su hermana y esposa Tetis; Hiperió, un dios solar, y su hermana y esposa Tía; Temis y Rea, ambas diosas de la tierra;Mnemósite, la diosa de la memoria; Jápeto, Ceo, Crío y Febe, con atributos poco conocidos; y Cronos, el más joven, valiente y astuto de todos ellos, que acabaría reemplazando a su padre como dios supremo.
Urano y Gea
Espero que os haya gustado este mito griego.

Un saludo.

Diego Fernández Núñez.

domingo, 5 de octubre de 2014

El Caos y su descendencia (Antigua Grecia)


La Teogonía, escrita por el gran poeta griego, Hesíodo, contiene los primeros relatos estructurados, sobre el origen del universo, los dioses y el ser humano, a continuación se procederá a resumir dicha obra.
Hesíodo partía de una tradición oral, compuesta de mitos y poemas,desaparecida para siempre. De hecho no fue el único que por esas fechas recogió por escrito los mitos sobre la creación y genealogía de los dioses, aunque el hecho de que solo se conserve la versión de Hesíodo se debe, tal vez, a que fue la que aporto la visión más comprensiva e integradora de todas.

Según Hesíodo, el mundo surgió de una enorme oscuridad llamada Caos ("vacío primordial" en griego) un principio abstracto, que no se hallaba encarnado en ningún dios primigenio. en este sentido, se deja abierta la cuestión de como se creó el propio Caos a partir de sí mismo, pues en la última (y primera) instanciael propósito de Hesíodo era ofrecer la historia de los dioses y no la del universo. Tampoco explica Hesíodo como crea el Caos a los cinco elementos básicos: Gea, la Tierra; Tártaro, el mundo subterraneo situado en las profundidades de la Tierra; Érebo, las tinieblas infernales; Eros, la fuerza del amor; y por último Nix, o la Noche, el poder de la oscuridad.

En la Antigüedad Clásica, la noche se identificaba como una de las fuerzas elementales, ya que en su misteriosa oscuridad, podía concebir demonios y enemigos desconocidos. Por otro lado, que en la mitología apareciese encarnada por una diosa sirvió para dotarla de personalidad y, por tanto, la hizo algo menos misteriosa. Nix desempeña un papel fundamental en los mitos clásicos sobre la creación. En la Teogonía aparece como el primer descendiente del Caos que da vida aotros elementos del universo. Así de su unión con Érebo nacen el Día y el Éter, la personificación del cielo superior, así como una serie de abstracciones que rigen tanto la vida de los dioses como de los mortales, como la Suerte, la Muerte, la Miseria, el Resentimiento, el Engaño y la Discordia, de la que a su vez nacerían otras aflicciones, como el Asesinato, la Carnicería, la Batalla o la Injusticia.

La siguiente en tener progenie fue Gea, la Tierra, y para ello no hubo de recurrir a nadie. así pues, sin la necesidad previa de acto sexual alguno, engendró a Urano, el cielo estrellado, para que la cubriese a ella y fuese un hogar para los dioses que habrían de venir de venir después. De ella nacieron, además la imponentes Montañas (entidades divinas) y el Ponto, personificación del mar, con lo que dio forma a la estructura básica del mundo.

A continuación se muestra la genealogía de los dioses según Hesíodo.






Espero que os haya gustado esta historia sobre la Antigua Grecia.

Un saludo: Diego Fernández Núñez